Detrás de cada diseño, hay una historia. La que nos ocupa se refiere a la etiqueta de uno de los vinos realizados en el Médoc, región natural de la Nueva Aquitania, al norte de Burdeos, en la orilla izquierda del estuario de la provincia francesa de la Gironda, un paraje que se produce por el encuentro entre dos ríos, el Dordoña y el Garona, zona afamada por ofrecer grandes caldos y donde se ubica Château Mouton Rothschild.

A esta región, y desde tiempos remotos, llegaban hombres de negocios con un plan claro y conciso: comprar producción vinícola. Luego se encargarían de madurar el vino en barricas y llevárselo a sus propios centros de envasado donde lo etiquetarían para obtener los esperados dividendos. Así salía una buena parte de la producción de los viñedos de Château Mouton Rothschild, donde un comerciante de Burdeos pactaba el precio y se hacía cargo de madurar, embotellar y etiquetar según la mencionada fórmula, un proceso considerado hasta entonces habitual en la zona.

Parece ser que el comerciante pactaba la opción para que la marca apareciera de una u otra forma en la etiqueta del envasado, hasta que llegado el año 1924, a un joven Barón Philipe de Rothschild -21 años tenía por aquel entonces- se le ocurriría tomar una decisión que daría la vuelta a este modus operandi: Embotellar la producción antes de sacarla de la propiedad. Y es justo aquí, donde cambiará la trayectoria de la mítica bodega Château Mouton Rothschild. Para realizar la etiqueta, el joven Philipe le encargó el proyecto a un cartelista que iba para arquitecto y cuya carrera profesional cambiaría tras perder su brazo derecho en un accidente de tranvía, su nombre: Jean Carlu (1900-1997).
Carlu realizó el encargo (vendimia de 1924) según lo previsto, y el diseño de la etiqueta ha prevalecido hasta nuestros días como un bello ejemplo de la influencia del arte al servicio de lo comercial –dígase estrategia de diseño-, convirtiendo las botellas de vino en codiciado objeto de deseo por su calidad y cierto aire de misterio, amén de las bondades del caldo. El diseño de Carlu, de clara influencia cubista, vistió botellas de las cosechas 1918, 1920, 1921 y 1926. En 1927 se produjo una cosecha muy mediocre, y el barón Philippe decidió que no debería venderse este vino bajo la denominación «Château Mouton-Rothschild». Para colocarlo en el mercado sin dañar la marca, embotellaría bajo el nombre «Carruades de Mouton-Rothschild”, encargando nuevamente la etiqueta a Jean Carlu.

Esta etiqueta fue recuperada décadas después y utilizada en 1993 y 1994, teniendo reapariciones hasta la cosecha de 2016, aunque en estos casos utilizada para el «segundo vino» de Château Mouton-Rothschild.[1] conforme figura en el texto de la propia etiqueta. Puesta en escena que obedece a una clara estrategia de los responsables de la bodega.

Pero vamos a los elementos representados en la etiqueta de 1924, en cuya imagen se integran tres iconos muy significativos de la familia Rothschild: la silueta de los chais (las naves en las que se transforma el mosto de uva en vino), la cabeza de un carnero (mouton en francés) y un yugo con un haz de cinco flechas que aparecen superpuestas en color rojo (Las cinco flechas están presentes por partida doble en el escudo heráldico de la familia). Al margen del interés que deriva de su estética cubista, aquí arranca la carrera por resolver una incógnita que seguro ha despertado la curiosidad de muchos por la coincidencia estética entre el escudo utilizado por Falange Española, (el partido de Primo de Rivera fundado en 1933) y el yugo y las flechas que Carlu incluye en la etiqueta.

Según cuenta Cesar Cervera en el artículo «El yugo y las flechas: el símbolo que Falange tomó de los Reyes Católicos por sugerencia de un socialista» [2] uno de los fundadores del citado movimiento extremo, Rafael Sánchez Mazas, ya habría destacado en una conferencia pronunciada en Santander el 24 de enero de 1927 lo poético de este símbolo olvidado de los Reyes Católicos.
Escribe Cervera, contextualizando los episodios que sacudían Europa en aquellos hechizantes años, que en el ambiente de la Falange estaban presentes el yugo y las flechas como óptima representación de una España anhelada. Probablemente, así lo tenía presente José Antonio Primo de Rivera, porque las flechas de Isabel la Católica, se habían considerado tradicionalmente -aparte de símbolo militar- como una mención a la unión de fuerzas y de reinos con los que poder identificarse.
No obstante el concepto del “yugo y las flechas” que puede hallarse en la iconografía heráldica relacionada con Isabel la Católica pasa por unas formas y juegos cromáticos asociados a tonos dorados o marrón crema, no al color rojo, y los haces no están compuestos por 5 flechas, no hay unidad de criterio en este detalle, a veces son de tres flechas, otras veces son más de 10 de ellas, y en casi todas las ocasiones la punta de las flechas está señalando hacia abajo.
En cuanto a la procedencia del yugo y las flechas en el escudo heráldico de la Familia Roschild (rot=rojo + schild=escudo en alemán) la composición fonética justifica el color rojo en el emblema, se relaciona a Mayer Amschel Rothschild, fundador de esta dinastía e hijo de Amschel Moses, con actividades en Fráncfort, negociando con monedas y billetes de prestigio (década 1760) entre los que se encuentran piezas españolas acuñadas con el yugo y las flechas, de donde parece que toma la idea para su propio escudo. Esta conclusión, pasa ya por encontrar explicación al número exacto de flechas ubicadas por la familia Rothschild en su escudo: Mayer Amschel Rothschild usó cinco flechas porque tuvo cinco hijos varones.
Miguel Pouget, en un “fantástico” post, hace una incursión a las costumbres socio-gastronómicas de José Antonio Primo de Rivera que lo sitúan frente al vino de Château Mouton Rothschild, que por aquel entonces, viste la etiqueta diseñada por Carlu y representa el eslabón perdido de esta conexión.[3]
Pouget, cuenta que José Antonio, además de frecuentar los mejores restaurantes de Madrid, (Rimbombín, Ritz o Savoy) convirtió en un ritual las llamadas “cenas de Carlomagno” (Hotel de París de la Carrera de San Jerónimo). A estas sentadas acudían sus íntimos para deglutir rebuscados manjares. Alrededor de la mesa, todos los comensales lucían smoking y reservaban un sillón vacío con una piel de ciervo para Carlomagno, que desconsideradamente, siempre faltaba a la convocatoria.

En su escrito, Miguel Pouget teoriza sobre la buena relación del padre, el General Primo de Rivera con las familias judías, de banqueros y ferroviarios de España. De la ley que había promulgado y concedía la nacionalidad española a los sefarditas, además de abrir la primera sinagoga (más de 400 años después de la expulsión de los judíos en el s. XV), y se refiere a Ignacio Bauer como representante y encargado de negocios de la casa Rothschild, cuya familia, cultivaba el lujo y la moda de lo elitista y con quien el padre del líder de Falange mantuvo buena relación.

Por otro lado, sigue Pouget «En aquella época (años 20 y 30), el vino de mesa español carecía absolutamente del prestigio que hoy posee, y todos los buenos restaurantes exhibían en sus cartas media docena de vinos franceses como lo más excelso. Normalmente algún Champagne, algún clarete de Borgoña (lo más frecuente, el Chablis), y siempre varios Burdeos: los más selectos, en los mejores restaurantes, el Château Mouton, junto al Margaux, el Lafite o el Petrus. Tal es de ver en las viejas cartas de vinos de locales como Lhardy, en Madrid. También en boca de los mejores gourmets españoles, como Julio Camba, que en la década de 1920, en su muy recomendable “La casa de Lúculo” se lamenta de la mala calidad de los vinos de Rioja, y hace una detallada exposición de todos los grands crus de Burdeos, recordando al menos media docena de añadas de Château Mouton y de Château Pouget como quintaesencia de lo exquisito».
Por fuerza, -argumenta Pouget- “José Antonio conocía el Château Mouton Rothschild como paradigma asociado a las élites, y más que posiblemente la adopción de la simbología falangista fue una mezcla de boutade y recuperación de un símbolo histórico de la monarquía Hispánica, en torno a una buena mesa, con alguna botella de Mouton vacía y el ambiente lleno de humo de buen tabaco cubano. Y eso explica la coincidencia de color, número de flechas, trazos, líneas y disposición del símbolo adoptado por la Falange, entre todas las opciones posibles”.
Pero algo chirría. Un análisis psicológico rechazaría, -ante la riqueza iconográfica propia-, la posibilidad de que un líder del perfil de José Antonio Primo de Rivera pudiera adoptar como emblema algo que proviniera del exterior, y menos estando representado en una botella

Pouget encuentra en ello un sutil puñetazo en la mesa del extremo líder: “De paso, el gesto posiblemente servía para recordar a los Rothschild que el uso de unos símbolos nítidamente hispánicos era punto menos que una usurpación”.
«En el vino (está) la verdad«.
Plinio «el viejo
Samuel Heidelberg
[1] Margot, Philippe. «L’intégral des étiquettes de Château Mouton-Rothschild de 1855 à aujourd’hui». Burdeos: Cepdivin Édition, 2015, 293 pàgs.
[2] (https://www.abc.es/historia/abci-yugo-y-flechas-simbolo-falange-tomo-reyes-catolicos-sugerencia-socialista-201911112309_noticia.html)
[3] (http://miguelpouget.blogspot.com/2018/11/sobre-yugos-y-flechas-y-sobre-el-mejor.html)
de vino.
